PARTE 2
La casa donde todos juzgaban
La mansión Laredo parecía demasiado iluminada para ser una casa feliz.
Alma lo pensó apenas bajó del coche.
Había música en vivo, lámparas doradas en el jardín, mesas con manteles blancos y una piscina azul perfecta reflejando luces que parecían estrellas domesticadas.
Marco le ofreció el brazo.
—Lista.
—Para irme, sí.
—Solo sonríe.
—No me des instrucciones como si viniera con manual.
Él sonrió.
—Esa actitud puede gustarle a mi hermano.
—No vine a gustarle a nadie.
Marco no respondió.
Entraron.
La gente los miró de inmediato.
No porque Alma estuviera mal vestida.
El vestido verde oscuro que consiguió prestado le quedaba hermoso. La tela abrazaba su figura con elegancia, el cabello oscuro caía sobre sus hombros y su maquillaje, aunque sencillo, resaltaba sus ojos grandes y expresivos.
La miraron porque nadie sabía quién era.
Y en una familia como los Laredo, lo desconocido se trataba como amenaza o entretenimiento.
La madre de Marco, Beatriz Laredo, fue la primera en acercarse.
Mujer elegante, rostro perfecto, sonrisa sin calor.
—Marco, cariño. No sabía que traerías compañía.
—Mamá, ella es Alma.
Beatriz miró a Alma de arriba abajo.
—¿Alma qué?
—Reyes —respondió ella.
—No me suena.
—A mí tampoco me sonaba Laredo antes de esta semana. Estamos empatadas.
Marco se tensó.
Beatriz sonrió con frialdad.
—Qué… espontánea.
Alma entendió el mensaje.
Espontánea significaba ordinaria.
Libre significaba maleducada.
Pobre significaba peligrosa.
Entonces apareció Violeta Sanz.
Alma no necesitó presentación.
La reconoció por la forma en que Marco dejó de respirar.
Violeta llevaba un vestido rojo, elegante y provocador, con joyas discretas y mirada de mujer que había sido admirada toda la vida y lo consideraba una función básica del mundo.
—Marco —dijo—. No sabía que traerías entretenimiento.
Alma sonrió.
—Yo tampoco sabía que habría espectáculo.
Violeta levantó una ceja.
Marco, en vez de defenderla, soltó una risa nerviosa.
Ese pequeño sonido fue el inicio del desastre.
Alma lo miró.
Él evitó sus ojos.
Allí comprendió que Marco no la había llevado para fingir amor.
La había llevado como escudo.
Como arma barata.
Como una chica suficientemente bonita para provocar celos y suficientemente ajena para ser descartada después.
—Voy por agua —dijo Alma.
Marco la tomó del brazo.
—Espera.
Ella bajó la mirada a su mano.
—No.
Él la soltó.
Alma caminó hacia una mesa lateral.
Allí vio por primera vez a Santiago Laredo.
No fue una entrada dramática.
Simplemente estaba allí, hablando con dos hombres mayores cerca de la ventana.
Traje negro.
Rostro serio.
Cabello oscuro.
Una presencia tan quieta que obligaba al resto de la sala a moverse con cuidado.
Santiago Laredo no parecía joven aunque lo era.
Parecía cansado de cargar un apellido que todos los demás usaban como llave.
Alma apartó la mirada.
No era su problema.
O eso intentó decirse.
Una niña apareció junto a la mesa de postres.
Delgada.
Cabello castaño.
Ojos grandes.
Tenía un cuaderno de dibujo contra el pecho.
Alma la reconoció antes de entender cómo era posible.
Clara.
Su Clara.
La alumna de las casas sin ventanas.
La niña vio a Alma y se quedó inmóvil.
Alma también.
Clara abrió la boca, pero no dijo nada.
Luego Beatriz llamó:
—Clara, ven aquí.
La niña apretó el cuaderno y retrocedió.
Santiago giró al escuchar el nombre.
Vio a su hermana.
Luego vio a Alma.
Sus ojos se detuvieron en ella con una atención incómoda.
Alma bajó la mirada primero.
No podía explicar nada allí.
No sabía qué decir.
No sabía si Clara quería que revelaran su relación.
Entonces Violeta se acercó con dos copas.
—Supongo que no estás acostumbrada a estas fiestas.
Alma tomó agua.
—Estoy acostumbrada a trabajar en lugares donde la gente finge menos.
—Qué graciosa.
—No era chiste.
Violeta sonrió.
—¿Cuánto te pagó Marco?
Alma sintió el golpe, pero no se movió.
—Menos de lo que vale aguantar esta conversación.
Violeta dejó una copa en la mesa.
—Escúchame bien. Marco puede jugar con chicas como tú. Pero Santiago no. Así que si pensaste que por cruzar una puerta ya estabas cerca de algo importante, despierta.
Alma la miró.
—Yo ya estaba despierta antes de entrar. Ese parece ser el problema.
Violeta apretó los labios.
A unos metros, Santiago observaba.
No con curiosidad superficial.
Con alerta.
Alma decidió irse.
Tres horas no valían esa humillación.
Buscó a Marco y lo encontró riendo con un grupo de amigos, fingiendo no verla.
Eso dolió menos de lo esperado.
Quizá porque nunca le importó.
Pero le confirmó que estaba sola.
Cruzó el jardín hacia la salida lateral.
La piscina brillaba al costado.
Violeta apareció detrás.
—¿Ya te vas?
Alma no se giró.
—Sí.
—Las chicas como tú siempre hacen lo mismo. Entran llorando y salen ofendidas.
Alma se detuvo.
—No estoy ofendida. Estoy aburrida.
Violeta se acercó.
—No deberías haber venido.
—En eso estamos de acuerdo.
—Y no deberías haberlo mirado.
Alma giró.
—¿A quién?
Violeta sonrió.
—A Santiago.
Alma rió sin ganas.
—No tengo tiempo para competir por hombres que ni conozco.
—Mentira.
Violeta dio un paso más.
—Todas quieren lo que yo voy a tener.
Alma la miró con cansancio.
—Entonces cuídalo mejor y deja de empujar a extrañas.
Violeta perdió el control.
Fue rápido.
Una mano en el hombro.
Un empujón.
El mundo inclinándose.
El agua fría cerrándose sobre su cabeza.
Alma cayó a la piscina.
El vestido pesó de inmediato.
El ruido de la fiesta se deformó bajo el agua.
Intentó subir.
El tejido se enredó en sus piernas.
Por un segundo, el miedo fue más grande que el orgullo.
Arriba, las personas gritaban.
Pero nadie entraba.
Entonces una sombra rompió la superficie.
Un brazo firme la sujetó por la cintura.
Santiago Laredo saltó al agua sin quitarse el traje.
Y Alma, que había sido llevada allí para fingir amor, terminó aferrada al único hombre que no estaba fingiendo preocupación.
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