PARTE 2
El CEO que no creyó en la versión oficial
Sebastián Rivas no confiaba en comunicados de emergencia.
Menos aún cuando llegaban antes que los bomberos.
A las 2:01 recibió una llamada del director financiero de Monteverde.
—Señor Rivas, ha ocurrido un incidente menor en Torre Aurora. La arquitecta principal ha desaparecido. Creemos que hubo sabotaje interno.
Sebastián estaba en su oficina, revisando contratos de inversión.
Rivas Global había financiado el cuarenta por ciento de la Torre Aurora. Si el edificio caía, perdería dinero. Pero eso no fue lo que le hizo levantarse.
Fue una frase.
“La arquitecta desapareció.”
Demasiado conveniente.
Sebastián había trabajado una vez con Elena Vargas en una licitación internacional. Ella era exacta hasta el extremo. De esas personas que no enviaban un archivo si una cota estaba mal alineada.
Una mujer así no desaparecía dejando un edificio defectuoso detrás.
Llegó a la obra quince minutos después.
La Torre Aurora estaba rodeada de luces rojas, polvo y obreros nerviosos. Algunos señalaban grietas en la base. Otros hablaban en voz baja. La prensa ya estaba allí, como si alguien la hubiera invitado antes del colapso.
Daniel Monteverde daba declaraciones.
—Mi esposa ha estado bajo mucha presión. Estamos devastados. Ella modificó documentos sin autorización familiar. No sabemos dónde está.
Sebastián lo escuchó desde detrás de las cámaras.
Luego se acercó.
—Qué rápido encontró culpable.
Daniel se quedó rígido.
—Sebastián. Esto es un momento delicado.
—Los momentos delicados suelen necesitar menos cámaras.
Arturo Monteverde intervino.
—Nuestro equipo está manejando la situación.
Sebastián miró el edificio.
—¿Dónde está Elena?
Daniel repitió:
—No lo sabemos.
Un obrero joven, Marcos, se acercó con miedo.
—Yo la vi bajar al subterráneo.
Arturo lo fulminó con la mirada.
—Cállate.
Sebastián giró hacia Marcos.
—Sigue.
—Bajó hace media hora. No volvió. Después cerraron el acceso.
Daniel respondió:
—Está confundido.
Sebastián pidió cámaras térmicas a los bomberos.
Arturo intentó impedirlo.
—El edificio es propiedad privada.
Sebastián sonrió sin alegría.
—Y mi dinero está sosteniendo casi la mitad de esta propiedad privada.
El escáner térmico mostró una silueta humana en el nivel subterráneo.
Débil.
Pero viva.
Sebastián miró a Daniel.
—Su esposa respira debajo del edificio que usted dice que abandonó.
Daniel perdió color.
Arturo habló entre dientes:
—Es demasiado peligroso entrar.
Sebastián se quitó el saco.
—Lo sé.
Tomó un casco, una linterna y una herramienta de rescate.
Un bombero intentó detenerlo.
—No está autorizado.
—Entonces acompáñeme y autorícese usted.
Entraron juntos por el acceso de servicio.
Mientras el hormigón crujía sobre sus cabezas, Sebastián pensó una sola cosa:
si Elena estaba viva, la versión oficial ya estaba muerta.
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