PARTE 3
El esposo por contrato y el plomero de internet
El beso de la boda fue un desastre.
Adrián se inclinó con una rigidez casi militar. Clara cerró los ojos como quien acepta una vacuna dolorosa. Sus labios apenas se tocaron durante un segundo.
Don Esteban, desde su silla de ruedas, aplaudió encantado.
—¡Otra vez!
—No —dijeron ambos al mismo tiempo.
Esa fue quizá la primera cosa en la que estuvieron de acuerdo.
La mansión Montes recibió a Clara con mármol, silencio y miradas hostiles. No parecía una casa. Parecía un museo donde alguien había olvidado colocar personas felices.
Renata Montes, media hermana de Adrián, fue la primera en atacarla.
Tenía belleza afilada, sonrisa dulce y ojos que calculaban herencias.
—Qué vestido tan… valiente —dijo al verla llegar.
Clara miró su propio vestido sencillo.
—Gracias. El suyo también es valiente. No cualquiera se atreve a parecer un candelabro caro.
Adrián soltó una tos para ocultar la risa.
Renata lo notó.
Y odió a Clara desde ese instante.
Esa noche, Adrián la llevó a la habitación principal.
Clara se detuvo en la puerta.
—No.
—¿No qué?
—No duermo con usted.
—No tenía planeado atacarla.
—Qué alivio. Pero mis reglas son claras: no tocar, no besar, no guiarme a la cama con voz de millonario dominante, no aparecer medio desnudo para confundirme, y no pensar que porque pagó una deuda compró mi cuerpo.
Adrián la observó con una mezcla de irritación y diversión.
—¿Guía a la cama con voz dominante?
—Seguro lo ha hecho.
—No necesito voz.
Clara abrió mucho los ojos.
—Qué horror. Encima arrogante profesional.
—Usted dormirá aquí. Yo dormiré en el estudio.
—Me parece perfecto.
—Y cuando estemos frente a mi abuelo o Renata, actuará como esposa.
—¿Cariñosa?
—Creíble.
—Eso será difícil.
Él se acercó un paso.
—Haga un esfuerzo. Le estoy pagando un millón.
Clara lo miró como si acabara de escupirle.
—No vuelva a decir eso si quiere conservar todos sus dientes.
Adrián sonrió.
—Interesante.
—Deje de decir interesante.
—Interesante que le moleste.
Clara tomó una almohada y se la lanzó.
Así empezó su matrimonio.
Con una almohada volando y un contrato sobre la mesa.
Lo que Adrián no sabía era que Clara tenía una vida secreta.
No peligrosa.
No escandalosa.
Ridículamente dulce.
Cada noche, antes de dormir, hablaba en una app de citas con un hombre llamado Plomero Nocturno.
Decía ser plomero.
Decía vivir arreglando tuberías, grifos y vidas ajenas.
Decía tener mala suerte con las citas, pero buen ojo para las personas.
Clara usaba el nombre Conejita Azul.
Nunca se habían visto.
No intercambiaban fotos del rostro.
Solo palabras.
Y de algún modo, aquellas palabras se habían vuelto el lugar más honesto de su vida.
Esa noche, acostada en una cama gigantesca que no se sentía suya, Clara escribió:
“Mi jefe es una pesadilla. Arrogante, controlador, insoportable. Pero al menos paga bien.”
La respuesta llegó enseguida:
“Si necesitas ayuda, estoy a un mensaje de distancia.”
Clara sonrió.
“Gracias, Superman de tuberías.”
Al otro lado de la ciudad, en el estudio de la misma mansión, Adrián Montes miraba su teléfono con una sonrisa estúpida.
Su asistente, Teddy, lo encontró así.
—Jefe, esa sonrisa da miedo.
Adrián bloqueó la pantalla.
—No es asunto suyo.
—¿Otra vez la chica de la app?
—Conejita Azul no es “la chica de la app”.
—Claro. Es su amor verdadero sin rostro.
Adrián lo fulminó con la mirada.
—Váyase.
Teddy sonrió.
—Solo digo que es curioso. Supermodelos, herederas, actrices y usted enamorado de alguien que cree que es plomero.
—Precisamente por eso.
Adrián miró el chat otra vez.
Conejita Azul lo hacía reír. No le pedía dinero. No conocía su apellido. No le hablaba como CEO. Le decía idiota cuando hacía falta.
Era libertad.
No sabía que esa libertad dormía a veinte metros de él.
Y que cada vez que Clara insultaba a su “jefe insoportable”, estaba insultándolo a él.
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