Nora Beltrán fue contratada para tocar piano en la gala del CEO Gabriel Montenegro.
No sabía que la canción que eligió esa noche era la misma melodía que le había tocado a un chico roto diez años atrás.
Cuando Gabriel la escuchó, dejó de mirar al mundo como un CEO… y empezó a mirar a Nora como el recuerdo que nunca pudo olvidar.
PARTE 1
La pianista que tocaba para no romperse
Nora Beltrán no tocaba el piano porque fuera romántica.
Lo tocaba porque era lo único que todavía le obedecía cuando el resto de su vida parecía desarmarse.
Las teclas no preguntaban cuánto debía de alquiler.
No le recordaban que su madre necesitaba medicamentos.
No le decían que una mujer sin apellido debía agradecer cada oportunidad.
Las teclas solo esperaban.
Y Nora sabía qué hacer con ellas.
Aquella noche, el Hotel Imperial parecía una ciudad hecha de cristal.
Luces cálidas.
Vestidos largos.
Trajes negros.
Copas de champán.
Mujeres que sonreían sin mover los ojos.
Hombres que hablaban de poder como si fuera una religión privada.
Nora llegó por la puerta de servicio con su vestido azul oscuro dentro de una funda barata.
El supervisor del evento la miró de arriba abajo.
—Tú eres la pianista.
—Sí.
—Tres piezas antes del discurso del señor Montenegro. Nada improvisado. Nada triste. Nada demasiado largo.
Nora asintió.
—Entendido.
Nada improvisado.
Nada triste.
Eso habría sido fácil para otra persona.
Pero Nora siempre tenía una canción escondida en los dedos.
Una canción que no tocaba casi nunca.
Porque cada vez que la tocaba, recordaba una habitación blanca, un chico con la mirada rota y una pulsera azul en su propia muñeca.
Sacudió la cabeza.
Esa noche no.
Esa noche solo necesitaba cobrar.
En el salón principal, el piano de cola estaba ubicado cerca de un ventanal enorme. Nora se sentó, probó las teclas y respiró.
Entonces lo vio.
Gabriel Montenegro.
No necesitaba presentación.
Era el tipo de hombre que hacía que una sala entera cambiara el volumen.
Alto.
Joven.
Traje negro impecable.
Rostro serio.
Ojos oscuros, cansados, demasiado quietos.
Nora había visto fotos suyas en revistas de negocios, pero en persona parecía menos perfecto.
Más peligroso.
Más solo.
A su lado estaba Bárbara Alarcón, una mujer hermosa, elegante, vestida de plata, con una mano colocada cerca de su brazo como si el mundo ya hubiera aceptado que le pertenecía.
—La futura señora Montenegro —susurró una camarera junto a Nora.
—¿Están comprometidos?
—Todavía no lo anuncian. Pero todos lo saben.
Nora no respondió.
No era asunto suyo.
Gabriel Montenegro tampoco.
Ella empezó a tocar la primera pieza.
Suave.
Correcta.
Lo bastante elegante para no molestar conversaciones de gente rica.
La segunda fue igual.
Pero en la tercera, algo salió mal.
O quizá salió demasiado bien.
Gabriel pasó cerca del piano justo cuando Nora levantó las manos para iniciar la pieza final.
Él no la miró.
No realmente.
Solo pasó.
Pero Nora vio un gesto pequeño.
La forma en que apretó los dedos alrededor del vaso.
Una tensión vieja.
Una tristeza educada.
Y sin decidirlo, tocó otra melodía.
No la que estaba en el programa.
La canción de Santa Clara.
La canción del hospital.
La canción que escribió a los dieciséis años para un chico que no quería despertar al día siguiente.
Las primeras notas fueron simples.
Casi infantiles.
Luego se volvieron más profundas.
Más heridas.
Más luminosas.
Nora cerró los ojos.
Durante unos segundos, dejó de estar en la gala.
Volvió a aquel hospital.
A la lluvia en la ventana.
A un chico desconocido sentado en una cama, con una cicatriz en la ceja y los ojos llenos de una oscuridad que no pertenecía a alguien tan joven.
—No quiero despertar mañana —había dicho él.
Nora no supo qué responder.
Así que tocó.
Tocó cada noche durante una semana.
Hasta que él, una madrugada, susurró:
—Otra vez.
Y ella supo que quizá la música podía hacer algo que las palabras no podían.
En la gala, la última nota quedó suspendida.
Cuando Nora abrió los ojos, Gabriel Montenegro estaba mirándola.
No como un hombre mira a una pianista contratada.
Como un hombre que acaba de reconocer una herida.
El vaso en su mano tembló apenas.
Bárbara lo notó.
—Gabriel —susurró—. ¿Qué pasa?
Él no respondió.
Nora apartó la mirada.
El corazón le golpeaba demasiado rápido.
El supervisor apareció detrás del piano.
—Esa pieza no estaba aprobada.
—Lo siento.
—No vuelva a improvisar.
Nora asintió.
Pero ya era tarde.
La canción había salido.
Y alguien la había escuchado como si llevara diez años esperando.
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