PARTE 2
El hombre del estacionamiento
Bruno Montenegro había sido un error de juventud que Luna tardó demasiado en llamar por su nombre.
Al principio parecía protector.
Luego controlador.
Después violento con las palabras.
Nunca la golpeó.
Eso repetía él.
Como si el miedo solo contara cuando dejaba marcas visibles.
—No exageres, Luna.
—Nadie te va a querer como yo.
—Eres demasiado orgullosa para una chica que no tiene nada.
—Si no fuera por mí, seguirías perdida.
Ella lo dejó seis meses antes.
Cambió de número.
Cambió de turnos.
Cambió de rutas.
Pero algunas sombras aprenden a seguirte.
Bruno avanzó hacia ella en el estacionamiento, vestido con una chaqueta barata y una sonrisa amarga.
—Te vi adentro —dijo—. Muy cómoda, dejando que el CEO te defendiera.
—Vete.
—¿Ya te crees una señora de gala?
—Estoy trabajando.
—Claro.
Él se acercó más.
Luna intentó pasar a un lado.
Bruno le tomó el brazo.
No fuerte al principio.
Pero lo suficiente para recordarle viejos miedos.
—Suéltame.
—Te conviene escucharme.
—Me conviene que te vayas.
Él apretó los dedos.
—Renata tenía razón. Te estás metiendo donde no debes.
Luna se quedó inmóvil.
—¿Renata?
Bruno sonrió.
Esa fue su respuesta.
—¿Ella te llamó?
—Me dijo que necesitabas recordar tu lugar.
La rabia atravesó el miedo.
—Mi lugar no es contigo.
Bruno la empujó contra el auto más cercano.
No con brutalidad suficiente para parecer ataque desde lejos, pero sí para que Luna golpeara la espalda contra la puerta.
—No me humilles.
—Te estás humillando solo.
Él levantó la mano.
No llegó a tocarla.
Una voz lo detuvo.
—Suéltala antes de que olvide que hay cámaras.
Bruno giró.
Mateo Ibarra estaba a unos metros.
Sin guardaespaldas.
Sin abrigo.
Con la corbata ligeramente floja y una calma que daba miedo.
Luna sintió alivio y terror al mismo tiempo.
—Esto no es asunto suyo —dijo Bruno.
Mateo caminó despacio hacia ellos.
—Cuando una mujer dice “suéltame”, se vuelve asunto de cualquiera con un mínimo de decencia.
Bruno soltó una risa.
—¿Y usted quién es? ¿Su nuevo dueño?
Mateo se detuvo.
Sus ojos se enfriaron.
—No vuelvas a usar esa palabra cerca de ella.
Bruno apretó el brazo de Luna.
Ella hizo una mueca de dolor.
Mateo vio el gesto.
En un segundo, todo cambió.
Avanzó, tomó la muñeca de Bruno y lo obligó a soltarla con una precisión seca, sin espectáculo.
Bruno intentó empujarlo.
Mateo lo bloqueó.
Hubo un forcejeo breve.
Un golpe contra el capó de un coche.
Un guardia corrió desde la entrada.
—Señor Ibarra…
Mateo no apartó los ojos de Bruno.
—Llama a seguridad y revisa las cámaras.
Bruno intentó recuperar orgullo.
—No sabes quién soy.
Mateo respondió:
—No. Pero puedo hacer que un abogado lo averigüe en diez minutos.
Luna respiraba rápido.
Mateo giró hacia ella.
Su expresión cambió.
No se volvió blanda.
Pero dejó de ser peligrosa.
—¿Está herida?
Luna negó.
—Estoy bien.
—Miente.
—Es una costumbre barata cuando una necesita seguir trabajando.
Él miró su brazo.
Había una marca roja.
Mateo apretó la mandíbula.
—No volverá a acercarse.
—Usted no puede prometer eso.
—Puedo intentarlo.
—Los hombres como usted creen que todo se arregla con órdenes.
—Y usted cree que debe soportarlo todo sola.
Luna levantó la vista.
El comentario fue demasiado preciso.
Demasiado íntimo para un hombre que no la conocía.
El guardia se llevó a Bruno hacia la salida.
Luna intentó arreglarse el vestido.
Fue entonces cuando Mateo notó la tira rota en su hombro.
—Renata —dijo él.
No fue pregunta.
Luna no respondió.
—Ella lo llamó.
—No tengo pruebas.
—Yo sí tendré.
Luna soltó una risa cansada.
—¿Siempre habla como si el mundo fuera un expediente?
—Me resulta más fácil.
—Qué triste.
Mateo la miró.
Esa frase.
Esa forma de mirarlo sin miedo.
Algo en ella le rozaba un recuerdo antiguo.
No sabía por qué.
Luna intentó irse.
—Gracias por ayudarme. Pero necesito volver al trabajo.
Mateo se interpuso suavemente.
—No vuelve al salón con el vestido roto y el brazo marcado.
—Si me voy, no me pagan.
—Yo le pagaré la noche.
Su rostro se endureció.
—No quiero su dinero.
—No fue lo que quise decir.
—Pero fue lo que dijo.
Mateo guardó silencio.
Luna respiró hondo.
—Gracias por defenderme. De verdad. Pero no me convierta en una deuda.
Él la observó como si esa frase hubiera encontrado una puerta cerrada dentro de él.
—No quiero comprar su gratitud.
—Entonces no actúe como si pudiera resolver mi vida en un estacionamiento.
Luna dio un paso para irse.
Mateo, sin pensar, tomó su mano.
Solo para detenerla.
Ella se giró.
—No haga eso.
Él iba a soltarla de inmediato.
Pero entonces vio la pulsera.
Una cinta roja, gastada, trenzada alrededor de la muñeca de Luna.
El mundo se detuvo.
No por la cinta en sí.
Por el nudo.
El mismo nudo torpe.
La misma tela roja.
La misma forma de rodear la muñeca.
Mateo sintió que la voz de una noche vieja volvía a su memoria.
No te duermas. Todavía no.
Soltó su mano como si quemara.
Luna frunció el ceño.
—¿Qué pasa?
Mateo no podía apartar los ojos de la pulsera.
—¿Dónde consiguió eso?
Ella miró su muñeca.
El rostro le cambió.
—Es mía.
—¿Desde cuándo?
—Desde siempre.
—No.
La palabra salió demasiado baja.
Demasiado rota.
Luna dio un paso atrás.
—¿Perdón?
Mateo tragó saliva.
El CEO frío, el hombre que nunca perdía control, de pronto parecía un desconocido en su propio cuerpo.
—Hace cinco años, en la carretera vieja de Santa Elvira… hubo un accidente.
Luna dejó de respirar.
Mateo levantó los ojos.
—¿Fuiste tú?
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