PARTE 4
La bala que no era Rivera
La bala que hirió a Isabel fue recuperada de la puerta de la clínica.
No era de los Rivera.
Tampoco de los Santoro oficialmente.
Era de un lote comprado por una empresa de seguridad vinculada a Mauro.
Nicolás reunió a su familia.
Mauro intentó mantener la calma.
—Esa bala no prueba nada.
Isabel, sentada con el brazo en cabestrillo, respondió:
—La bala quizá no. Pero el ángulo sí.
Todos la miraron.
—El disparo vino de alguien que conocía la cámara ciega de la clínica. Solo tres personas sabían ese punto.
Nicolás preguntó:
—Quiénes?
—Yo. Mi enfermera. Y el hombre que me pidió revisar seguridad la semana pasada.
Miró a Mauro.
—Usted.
Mauro rió.
—Una doctora jugando a detective.
Isabel se levantó con dificultad.
—No. Una doctora cansada de limpiar sangre de hombres que creen que pensar es exclusivo de ellos.
Algunos hombres Santoro bajaron la mirada para ocultar una sonrisa.
Nicolás no sonrió, pero sus ojos sí.
Mauro perdió paciencia.
—Todo esto por un niño Rivera.
Nicolás se acercó.
—No. Todo esto porque intentaste usar el apellido Santoro para matar niños y médicos.
Mauro respondió:
—Eres débil.
Nicolás lo miró con frialdad.
—No. Soy selectivo con la violencia.
Mauro fue encerrado hasta que la investigación interna terminara.
Isabel no celebró.
Sabía que la mafia no se curaba con una grabación.
Pero una infección se empieza drenando.
Esa noche, Nicolás la encontró revisando expedientes.
—Debería descansar.
—Usted debería dejar de tener primos asesinos.
—Tomo nota.
—No me haga reír. Me duele el hombro.
Él la observó.
—No tuvo miedo de responderle a Mauro.
—Soy médica. He enfrentado cosas peores que hombres con ego.
—Como qué?
—Familias en sala de espera.
Nicolás sonrió apenas.
Fue la primera vez que Isabel lo vio parecer humano.
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