Todos pensaron que era solo una bailarina endeudada… hasta que el mafia boss vio en su pulsera el símbolo de su antiguo salvador
Camila bailaba en un club donde las deudas nunca terminaban.
Creyó que nadie vendría por ella.
Hasta que el jefe de la mafia vio la pulsera de su padre y apagó la música con una sola mirada.
PARTE 1
La bailarina con deuda falsa
Camila Rojas aprendió a bailar antes de aprender a mentir.
Su padre, Tomás, ponía música vieja en la cocina y le decía:
—Cuando tengas miedo, mueve los pies. El cuerpo recuerda la salida antes que la cabeza.
Tomás murió cuando Camila tenía nueve años.
Le dijeron que fue un robo.
Un accidente.
Una mala noche.
Su madre cayó enferma poco después. Su padrastro, Iván, tomó control de la casa, de los papeles, de las cuentas y finalmente de Camila.
A los diecinueve, la llevó al club del puerto.
—Solo unas semanas —dijo—. Debemos dinero.
Las semanas se volvieron años.
El dueño del club, Mauricio, le quitó los documentos.
—Gastos de alojamiento, ropa, seguridad, comida. Todo suma.
La deuda crecía aunque Camila trabajara cada noche.
Los clientes la miraban como si fuera una cosa brillante en una vitrina oscura.
Ella se repetía:
Un día salgo.
Pero cada puerta tenía un guardia.
Cada guardia tenía orden.
Y cada orden tenía dinero detrás.
La única cosa que conservó de su padre fue una pulsera de cuero con un lobo y una estrella.
Mauricio quiso quitársela.
Camila lo mordió.
Después de eso, aprendieron a no tocarla.
Una noche, antes de salir al escenario, oyó que Mauricio hablaba con Iván.
—Caruso viene esta noche.
Iván se puso pálido.
—¿Lorenzo Caruso?
—Sí. Y no quiero problemas.
Camila conocía ese nombre.
Todos en el puerto lo conocían.
Lorenzo Caruso, jefe de la mafia del muelle este. Frío, elegante, implacable. Un hombre que no necesitaba gritar porque otros gritaban por él.
Cuando entró al club, la música pareció bajar sola.
Camila estaba en el escenario.
Bailó sin mirarlo.
Pero sintió su mirada detenerse en su muñeca.
Al terminar, Mauricio la empujó hacia la mesa privada.
—Sé amable.
Camila bajó los ojos.
Lorenzo no la miró como cliente.
La miró como hombre que acaba de ver un fantasma.
—Esa pulsera —dijo—. ¿De quién era?
Camila apretó la muñeca.
—De mi padre.
—Nombre.
—Tomás Rojas.
El rostro de Lorenzo cambió.
Y el club entero dejó de respirar.
👉 [Haz clic aquí para leer la siguiente parte] 👈
