PARTE 8
El banquero detrás de la deuda
Rafael Costa escapó con una parte de los discos.
No todos.
Pero suficientes para seguir siendo peligroso.
Dante estaba furioso.
No lo demostraba gritando.
Lo demostraba hablando más bajo.
—Costa no debía estar tan cerca.
Valentina se limpiaba sangre de un corte en la ceja.
—¿Quién es exactamente?
—Un hombre que presta dinero a gobiernos, empresas y criminales, y luego compra sus errores.
—¿Más peligroso que usted?
Dante la miró.
—Yo sé que soy criminal. Costa cree que es sistema financiero.
Valentina guardó los discos recuperados en una maleta.
—Entonces vamos a destruir su sistema.
Dante la observó.
—Dice eso como si ordenara café.
—Soy CEO. He destruido departamentos enteros antes del desayuno.
—Me casé con una mujer encantadora.
—Firmó un contrato temporal.
—Detalles.
La tensión entre ambos había cambiado.
Ya no era solo desconfianza.
Había una alianza incómoda.
Una química que ninguno quería nombrar porque nombrarla en medio de una guerra era imprudente.
Y porque Valentina seguía recordando que Dante Romano era mafia.
Guapo, sí.
Carismático, sí.
Extrañamente respetuoso, también.
Pero mafia.
Dante recibió una llamada.
—Romano.
Escuchó.
Su rostro cambió.
—Entendido.
Colgó.
—Rafael Costa tiene a Arturo.
Valentina no sintió alivio.
Tampoco miedo.
—¿Dónde?
—En el viejo teatro Bellini.
—¿Trampa?
—Por supuesto.
—Vamos.
Dante la miró.
—No pensaba llevarla.
Valentina se acercó.
—Dante.
Era la primera vez que decía su nombre sin veneno.
Él lo notó.
—Valentina.
—Es mi tío. Mi empresa. Mi apellido. Mi fundación. Mi guerra.
Dante sostuvo su mirada.
—Y si entra ahí, Costa intentará usarla contra mí.
—Entonces no se deje usar.
Dante sonrió lentamente.
Peligroso.
Atractivo.
Irritante.
—Empieza a entender mi idioma.
El teatro Bellini llevaba años abandonado.
Antiguo lujo.
Terciopelo roto.
Palcos oscuros.
Escenario cubierto de polvo.
Arturo estaba sentado en una silla en el centro, golpeado, con las manos atadas.
Rafael Costa esperaba en el escenario con varios hombres.
—Qué pareja tan interesante —dijo—. Una CEO que finge limpieza y un mafioso que finge honor.
Valentina respondió:
—Y un banquero que finge no tener sangre en las manos porque usa guantes caros.
Dante la miró de reojo.
—Buena.
—Gracias.
Rafael no sonrió.
—Tengo los discos restantes. Ustedes tienen algunos. Propongo intercambio.
Dante dijo:
—Proponga rápido. Me aburren los teatros sin público.
Rafael hizo una señal.
Una pantalla se encendió.
Apareció Nicolás, el hermano de Valentina, en la casa segura de Dante.
Pero ahora había hombres de Costa dentro.
Valentina sintió que el mundo se detenía.
Dante también.
Por primera vez, perdió la calma.
Solo un segundo.
Suficiente para que Valentina entendiera algo:
Dante no fingía proteger.
Había fallado.
Y eso le dolía.
Rafael sonrió.
—Ahora sí, negociemos.
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