LA CEO QUE FUE VENDIDA AL JEFE DE LA MAFIA FIRMÓ UN CONTRATO DE SANGRE… Y DESCUBRIÓ QUE ÉL NO ERA EL MONSTRUO QUE QUERÍA MATARLA

Todos dijeron que Dante Romano compró a Valentina como deuda… hasta que él apareció en la junta directiva con el contrato que probaba quién la había vendido primero

La vendieron al jefe de la mafia para pagar una deuda que ella no firmó.

Pero Dante Romano no llegó para reclamar una esposa.

Llegó para mostrarle a la CEO que su propia familia había puesto precio a su muerte.

PARTE 1

La junta donde vendieron a la CEO

Valentina Moretti nunca llegaba tarde a una junta.

Ni siquiera cuando sabía que la junta era una trampa.

Aquella noche, el piso 47 del edificio Moretti estaba iluminado solo por la sala de consejo. Afuera, la ciudad brillaba bajo la lluvia. Dentro, diez personas esperaban alrededor de una mesa de mármol negro.

Su tío Arturo Moretti estaba en la cabecera.

Error.

Esa silla era de Valentina.

Ella entró sin pedir permiso.

Traje blanco.
Tacones negros.
Cabello recogido.
Mirada fría.
Una carpeta de cuero bajo el brazo.

—Arturo —dijo—, estás sentado en mi lugar.

Su tío sonrió.

—Esta noche todos tendremos que ceder algo.

Valentina dejó la carpeta sobre la mesa.

—Yo no cedo sillas.

Nadie se movió.

Eso fue la primera señal.

Sergio Vidal, su prometido oficial y director financiero del grupo, evitó mirarla. Camila Ríos, su mejor amiga y jefa de comunicación, se tocaba nerviosamente el collar. Héctor Lamas, abogado de la empresa, revisaba un contrato que Valentina no había autorizado.

—¿Qué es esto? —preguntó ella.

Arturo empujó un documento hacia ella.

—Una solución.

Valentina leyó la primera línea.

Contrato privado de compensación de deuda.

Acreedor: Dante Romano.
Deudor: Grupo Moretti.
Garantía: alianza matrimonial con Valentina Moretti.

Ella levantó lentamente la mirada.

—¿Perdón?

Arturo suspiró como si estuviera hablando con una niña caprichosa.

—Tu padre dejó deudas antes de morir.

—Mi padre dejó acciones, no deudas.

—Deudas que no conocías.

—Porque ustedes las fabricaron?

Sergio habló por primera vez.

—Valentina, no es tan simple.

Ella lo miró.

—Cuando alguien empieza con “no es tan simple”, casi siempre está a punto de confesar algo muy sucio.

Héctor Lamas aclaró la garganta.

—Dante Romano exige pago inmediato. Si no se acepta el acuerdo, ejecutará garantías sobre varios activos.

Valentina soltó una risa seca.

—¿Desde cuándo el Grupo Moretti negocia matrimonios con mafiosos?

Arturo se inclinó.

—Desde que la CEO no quiso escuchar al consejo.

—Yo soy la CEO.

—Por ahora.

El silencio cayó.

Valentina entendió.

No era una negociación.

Era un golpe interno.

—¿Y qué quiere exactamente Romano?

Héctor respondió:

—Un matrimonio legal por noventa días. Bloqueo de acciones durante el periodo de transición. Control compartido de ciertos activos.

Valentina pasó páginas.

Había cláusulas extrañas.

Demasiado extrañas.

Si ella moría dentro de los noventa días, la administración de sus acciones pasaría temporalmente al consejo.

Levantó la vista.

—Qué conveniente.

Camila susurró:

—Vale, por favor, firma. Es la única forma de salvar la empresa.

Valentina la miró con una decepción fría.

—No me llames Vale cuando acabas de venderme.

Camila bajó los ojos.

Sergio extendió una pluma.

—Solo serán noventa días. Después anulamos el matrimonio.

Valentina tomó la pluma.

Todos respiraron.

Pero en lugar de firmar, la partió en dos.

—Díganle a Dante Romano que si quiere hablar conmigo, venga él.

La puerta de la sala se abrió.

Un hombre entró.

Traje negro perfectamente cortado.
Camisa oscura.
Reloj de oro.
Cabello peinado hacia atrás.
Mandíbula firme.
Una sonrisa tranquila y peligrosa.

Dante Romano.

El jefe de la mafia más poderoso de la ciudad.

Más joven de lo que Valentina esperaba.

Más guapo de lo que cualquier monstruo tenía derecho a ser.

Más calmado que todos los hombres que acababan de venderla.

Dante miró la pluma rota sobre la mesa.

Luego miró a Valentina.

—Me gustan las mujeres que no firman sin leer.

Valentina sostuvo su mirada.

—Y a mí me disgustan los hombres que entran como si fueran dueños de la sala.

Dante sonrió.

—Entonces tenemos algo en común.

—¿Qué?

Él miró a Arturo, Sergio, Camila y Héctor.

—A mí tampoco me gustan.

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