LA CHICA QUE CREYÓ HABER CONTRATADO A UN MODELO, SIN SABER QUE ESTABA ESPOSADA AL CEO MÁS PODEROSO DE LA CIUDAD

Todos se burlaron de Camila por estar esposada a un “hombre comprado”… hasta que él subió al escenario y anunció: “Ella no es mi amante. Es mi esposa.”

Camila Ríos pensó que el hombre esposado a su muñeca era un modelo contratado para consolarla.

No sabía que ese hombre era Leonardo Fuentes, el CEO que al día siguiente tomaría el control del grupo más poderoso del país.

Y mucho menos imaginó que terminaría casada con él para salvar a su hermana… antes de descubrir que ella misma era una heredera perdida.

PARTE 1

El teléfono que compró con tres empleos

Camila Ríos llevaba cinco meses guardando monedas en una caja de galletas.

No era una metáfora.

Era una caja real, oxidada en las esquinas, escondida debajo de su colchón, con billetes doblados, recibos viejos y monedas que tintineaban cada vez que se movía en la cama.

Trabajaba por la mañana repartiendo volantes frente a una academia.
Por la tarde atendía una cafetería.
Por la noche limpiaba oficinas donde nadie sabía su nombre.

Todo para comprar un teléfono.

No para ella.

Para Mateo Vargas, su novio de cuatro años.

Mateo siempre decía que cuando tuviera un buen teléfono podría grabar mejor contenido, contactar clientes, buscar oportunidades y dejar de sentirse avergonzado frente a sus compañeros ricos.

Camila le creyó.

Porque Camila era buena para creer.

No ingenua. Buena.

Hay una diferencia.

Los ingenuos no ven el daño venir.

Los buenos lo ven y aun así esperan que la persona amada no sea capaz de hacerlo.

El día del cumpleaños de Mateo, Camila salió de la tienda con el teléfono envuelto en papel dorado. Estaba cansada, tenía los pies hinchados y llevaba dos días comiendo arroz con huevo para no tocar el dinero del regalo.

Pero sonreía.

Imaginaba a Mateo abriendo la caja.

Imaginaba su abrazo.

Imaginaba que, por una vez, él diría:

—Gracias, Cami. Nadie ha hecho tanto por mí como tú.

En cambio, cuando abrió la puerta del apartamento, escuchó una risa femenina.

Luego un gemido.

Luego la voz de Mateo:

—No te preocupes. Camila no llega hasta tarde. Está trabajando, como siempre.

Camila se quedó inmóvil.

La caja dorada cayó al suelo.

Mateo salió de la habitación con la camisa abierta.

Detrás de él apareció Valentina Herrera, hija de Octavio Herrera, dueño de una de las familias más ricas del país.

Valentina no se cubrió por vergüenza.

Se cubrió por fastidio.

—¿Esta es la chica de la que hablabas? —preguntó, mirando a Camila como si fuera una empleada que entró sin permiso—. Pensé que exagerabas cuando dijiste que era de pueblo.

Camila no miró a Valentina.

Miró a Mateo.

—Dime que no es verdad.

Mateo suspiró.

No con culpa.

Con cansancio.

—Camila, no hagas drama.

El dolor llegó tarde.

Primero llegó la incredulidad.

—¿Drama? Trabajé tres empleos para comprarte esto.

Señaló el paquete en el suelo.

Mateo lo miró y soltó una risa incómoda.

—Siempre fuiste intensa.

Valentina caminó hasta el paquete, lo levantó, leyó la marca y sonrió.

—Qué tierno. Meses trabajando para comprar algo que en mi casa damos como regalo de empresa.

Camila sintió que las manos le temblaban.

—Mateo, llevamos cuatro años juntos.

—Y te agradezco todo lo que hiciste.

—¿Me agradeces?

—Sí. Pero no puedo quedarme estancado contigo.

La frase fue más cruel que la infidelidad.

Porque una traición puede ser impulsiva.

El desprecio suele ser pensado.

Camila abrió su bolso y sacó una libreta.

Mateo frunció el ceño.

—¿Qué es eso?

—La cuenta.

—¿Qué cuenta?

Camila abrió la libreta.

—Comida, ropa, matrícula, alquiler atrasado, transporte, medicamentos cuando fingiste gastritis, el traje que usaste para entrevistar en Herrera Group, incluso los pañuelos que decías que no importaban.

Valentina se echó a reír.

—¿Vas a cobrarle por pañuelos?

Camila la miró.

—Tú calla. Cuando te canse, también te tocará pagar.

Mateo se puso rojo.

—¿Estás loca?

—No. Estoy despierta. Me debes mil doscientos cincuenta y dos euros con cuarenta y dos céntimos.

Mateo sacó la cartera, furioso, y tiró varios billetes al suelo.

—Toma mil quinientos. Quédate el cambio. Llévalo a tu padre jugador, a ver si por fin sirve de algo.

Algo dentro de Camila se cerró.

No lloró.

Se agachó, recogió el dinero y dejó el teléfono sobre la mesa.

—No quiero que un perro use algo que compré con hambre.

Valentina chasqueó la lengua.

—Qué vulgar.

Camila caminó hacia la puerta.

Mateo gritó:

—¡Camila!

Ella se giró.

—Desde hoy, no eres mi ex.

Pausa.

—Eres mi vergüenza.

Y salió.

Afuera, bajo una lluvia fina, llamó a su mejor amiga Lucía.

—Necesito beber.

Lucía respondió:

—Te mandé algo mejor.

—¿Qué?

—Un modelo. Guapo. De alto nivel. Para que recuerdes que Mateo no era el último hombre del planeta.

Camila cerró los ojos.

—Lucía, no estoy para eso.

—Ya está pagado.

Esa noche, Camila abrió la puerta pensando que encontraría a un modelo.

Encontró a Leonardo Fuentes.

Aunque ella todavía no sabía ese nombre.

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