PARTE 5
La iglesia de Santa Ágata
No podían quedarse en la mansión Vieri.
No con Marco herido pero vivo.
No con Irina capturada pero peligrosa.
No con Rosetti moviendo hombres por la ciudad.
No con Luca temblando cada vez que escuchaba un motor.
Bianca propuso Santa Ágata.
Alessandro frunció el ceño.
—¿El convento?
—Mi casa durante cinco años.
La palabra casa lo hirió.
No dijo nada.
Viajaron en tres coches blindados. Luca se quedó dormido contra Bianca, aún con la cadena de oro entre los dedos. Alessandro iba frente a ellos, en silencio, mirando a su hijo por el reflejo de la ventana.
Bianca lo notó.
—Deja de mirarlo como si fuera un fantasma.
—Intento entender cómo existe.
—Yo intenté entender cómo tú no viniste.
Alessandro cerró los ojos.
—Encontré sangre, fuego y tu anillo.
—Encontraste lo que ellos querían que encontraras.
—Lo sé.
—No. Ahora lo sabes. Antes lo aceptaste.
El golpe fue justo.
La iglesia de Santa Ágata estaba en una colina, fuera de la ciudad. Vieja, humilde, con muros de piedra y vitrales agrietados. La madre Celeste los recibió con el rostro vendado por el golpe de los hombres de Rosetti.
Al ver a Alessandro, su mirada se endureció.
—Llegó tarde.
Él bajó la cabeza.
—Sí.
Bianca casi se sorprendió.
Esperaba defensa.
No llegó.
Luca despertó al escuchar la voz de la monja.
—Madre Celeste…
Corrió hacia ella.
La anciana lo abrazó con cuidado.
—Mi niño.
Alessandro observó esa escena y entendió otra cosa dolorosa: había personas que su hijo abrazaba sin miedo.
Él no era una de ellas.
En el interior de la iglesia, Bianca escondió a Luca en una habitación trasera con la madre Celeste y dos hombres leales de Elías.
Luego se reunió con Alessandro en la sacristía.
Sobre una mesa colocó la carpeta, la cadena, fotos y un pequeño cuaderno.
—Esto es todo lo que tengo.
Alessandro abrió el cuaderno.
Había nombres, rutas, fechas, pagos y una página con el título:
OPERACIÓN TUMBA VACÍA.
Su garganta se cerró.
—Marco llamó así al plan.
Bianca asintió.
—Tu hermano tiene sentido del humor.
—No después de esta noche.
—No amenaces si no vas a cumplir.
Alessandro levantó la mirada.
—Voy a cumplir.
Antes de que siguieran, Irina fue llevada a la sacristía por dos hombres. Tenía la mano vendada, el labio hinchado y los ojos llenos de odio.
Bianca se acercó.
—Quiero saber dónde está Marco.
Irina sonrió.
—Probablemente buscando una forma de matarte mejor.
Bianca tomó una vela encendida y la acercó lentamente al vendaje de su mano.
Irina perdió la sonrisa.
—No te atreves.
Bianca la miró.
—Pasé cinco años durmiendo con un niño bajo una cama mientras tu gente nos buscaba. Te aseguro que mi lista de cosas que no me atrevo a hacer se volvió muy corta.
Alessandro no intervino.
Irina tragó saliva.
—Marco va al puerto sur. Quiere abrir la caja Serrano antes de que tú lo hagas.
Bianca se quedó inmóvil.
—¿Qué caja?
Irina miró a Alessandro.
—Tu esposa no lo sabe.
Bianca puso la vela más cerca.
Irina habló rápido:
—Ernesto Serrano dejó una caja con los documentos reales de propiedad del puerto. Solo puede abrirse con sangre Serrano directa. Bianca… o el niño.
El mundo se detuvo.
Alessandro dio un paso hacia ella.
—¿Por eso querían a Luca?
Bianca no respondió.
La respuesta era evidente.
Marco no solo quería borrar al niño.
Quería usarlo primero.
En ese momento, sonaron campanas.
No por misa.
Alarma.
La madre Celeste apareció en la puerta, pálida.
—Hombres en el patio.
Bianca tomó su arma.
Alessandro también.
Luca estaba en la iglesia.
Y esta vez, si alguien venía por él, no encontraría a una mujer huyendo.
Encontraría a sus dos padres listos para llenar la piedra de sangre.
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