PARTE 7
La caja Serrano
El puerto sur había pertenecido a Ernesto Serrano, padre de Bianca.
Antes de morir, Ernesto controlaba rutas legales, almacenes, barcos y permisos que cualquier familia criminal habría querido comprar. Pero Ernesto no vendía a todos. Menos a los Vieri, menos a los Borgia, menos a Rosetti.
Por eso murió.
Bianca lo supo demasiado tarde.
La caja Serrano estaba escondida bajo el viejo edificio de aduanas, cerrado desde hacía años. Según Irina, solo podía abrirse con sangre Serrano directa.
Bianca o Luca.
Alessandro dejó claro que Luca no iría.
Bianca también.
—Ni siquiera lo menciones —dijo ella.
—No iba a hacerlo.
—Bien.
—Pero tú tampoco deberías ir.
Bianca lo miró.
—¿Volvemos a eso?
—Estás herida.
—Estoy viva. Es suficiente.
Alessandro respiró hondo.
—No quiero perderte otra vez.
Bianca sintió el golpe, pero no permitió que se viera.
—No me perdiste. Me dejaste en manos de tu ceguera.
Él cerró los ojos.
—Sí.
La aceptación volvió a desarmarla.
Prefería cuando él discutía. Era más fácil odiarlo.
Entraron al edificio de aduanas de noche, con Elías y cuatro hombres leales. Bianca llevaba un vendaje nuevo, una pistola, una navaja y la sensación de caminar sobre la tumba de su padre.
El sótano estaba protegido por una puerta metálica antigua.
En el centro había una caja fuerte con un lector oxidado y una pequeña placa:
SERRANO NO ENTREGA LO QUE NACE DE SU SANGRE.
Bianca se cortó la palma con la navaja.
Alessandro dio un paso.
Ella lo miró.
—No.
Puso la mano ensangrentada sobre la placa.
El mecanismo tardó varios segundos.
Luego abrió.
Dentro había documentos de propiedad, grabaciones, una carta de Ernesto para Bianca y una lista de nombres.
Uno de ellos era Marco Vieri.
Otro: Irina Borgia.
Otro: Salvatore Rosetti.
Y al final, un nombre que hizo que Alessandro se quedara helado.
Victoria Vieri.
Su madre.
Bianca levantó la vista.
—Tu madre.
Alessandro no habló.
Su madre, supuestamente retirada de la familia, había muerto de enfermedad hacía siete años. O eso decían los registros.
Bianca abrió la carta de su padre.
“Bianca, si lees esto, significa que la familia Vieri no pudo protegerte o eligió no hacerlo. No todos los enemigos llevan otro apellido. La mujer que mueve a Marco no es Irina. Es Victoria Vieri. Si aún vive, no confíes ni siquiera en la tumba que lleva su nombre.”
La habitación quedó helada.
Elías maldijo en voz baja.
—Victoria está viva.
Alessandro se apoyó contra la mesa.
Toda su vida, su madre había sido una ausencia sagrada. La mujer que murió cuando él era joven. La razón por la que su padre se volvió cruel. El retrato en la sala principal.
Y ahora…
Bianca cerró la caja.
—Marco no es el cerebro.
Alessandro levantó la mirada.
—Mi madre sí.
De pronto, el sonido de un motor llegó desde arriba.
Elías miró las cámaras.
—Tenemos compañía.
Marco entró al edificio con hombres armados.
Pero detrás de él venía una mujer mayor, vestida de negro, elegante, con un bastón de plata.
Alessandro miró la pantalla.
No podía respirar.
Victoria Vieri.
Su madre.
Viva.
Y sonriendo como si acabara de llegar a reclamar lo que siempre fue suyo.
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