CHAP 4
El reloj de bolsillo
Clara no habló con Damián durante dos días.
Dormía en su habitación del ala este con la puerta cerrada y una silla apoyada contra el pomo, no porque creyera que eso detendría a los Arce si querían entrar, sino porque necesitaba sentir que al menos una barrera le pertenecía.
Damián envió mensajes.
Ella no respondió.
Envió comida.
Ella no la tocó.
Envió un médico para revisar la mejilla donde Valeria la golpeó.
Clara lo echó.
El tercer día, él apareció en la puerta sin tocar.
—Encontré algo de tu padre.
Clara abrió.
No porque lo perdonara.
Porque el nombre de su padre seguía siendo una llave que abría cualquier defensa.
Damián tenía una caja gris en las manos.
—Estaba en los archivos privados de Ernesto.
Clara la tomó.
Dentro había credenciales, informes, fotografías y una carta antigua con el nombre:
JULIÁN MONTES.
Su padre.
Clara recordó su rostro cansado. Sus camisas planchadas con demasiado cuidado. Las noches en que llegaba tarde y besaba la frente de Clara sin encender la luz para no despertarla.
Murió cuando ella tenía diecisiete años.
Un choque en carretera.
O eso le dijeron.
Abrió el primer informe.
Auditoría confidencial — Grupo Arce / Proyecto Vidal.
Damián habló bajo:
—Tu padre descubrió que alguien estaba desviando dinero hacia empresas vinculadas a Horacio Vidal. Mi abuelo intentó investigar. Luego tu padre murió.
Clara sintió que algo dentro de ella se rompía con un sonido lento.
—¿Tu familia lo mató?
—No lo sé.
—Qué frase tan cómoda.
Damián aceptó el golpe.
—Sí.
Clara leyó otra hoja.
Había una nota manuscrita de Julián:
“Si algo me pasa, Ernesto debe proteger a Clara. Patricia sabe más de lo que dice.”
Patricia.
Otra vez.
Clara cerró la caja.
—Tu abuelo me eligió por mi padre.
—Sí.
—No por honestidad.
—También por eso.
—No intentes hacerlo noble.
Damián respiró hondo.
—No lo haré.
Esa respuesta la desarmó un poco.
Porque no intentó justificarse.
—¿Dónde está el reloj? —preguntó Clara.
—Creo que Valeria lo tiene.
—Entonces vamos a quitárselo.
Damián la miró.
—No puedes simplemente acusarla.
Clara sonrió sin humor.
—Claro. Perdón. Olvidé que en esta casa se asesina con protocolo.
Esa noche, hubo una cena familiar obligatoria.
Patricia la organizó para “mostrar unidad” ante los consejeros. Clara entendió el verdadero objetivo: medir fuerzas.
Todos estaban allí.
Patricia en la cabecera.
Damián a su derecha.
Valeria frente a Clara.
Nicolás con el labio aún marcado por el golpe de Damián.
Tíos, primos, asesores.
Clara llegó con un vestido negro sencillo y la carpeta de Ernesto bajo el brazo.
Patricia la observó.
—Qué dramática.
Clara se sentó.
—Me adapto al ambiente.
La cena fue un desfile de veneno elegante.
Un tío insinuó que Clara manipuló a Ernesto en sus últimos días.
Una prima dijo que el matrimonio debía anularse.
Nicolás habló de impugnar el testamento.
Valeria no dijo nada.
Solo jugaba con una copa entre los dedos.
Y en su muñeca, colgando de una cadena fina, Clara vio algo dorado.
No era pulsera.
Era una tapa redonda.
El reloj.
Clara lo miró.
Valeria sonrió apenas.
—¿Te gusta?
Damián también lo vio.
Su rostro se endureció.
—Eso era del abuelo.
Valeria acarició el reloj.
—Me lo dio.
Patricia intervino:
—Ernesto regalaba cosas cuando estaba confundido.
Clara levantó la mirada.
—Qué conveniente. Todo lo que dijo antes de morir era confusión, excepto lo que les favorecía.
Nicolás golpeó la mesa.
—No tienes derecho a hablar así.
Clara lo miró.
—Tengo el 70%. Según ustedes, eso me da derecho a casi todo.
El silencio fue brutal.
Damián bajó la mirada para ocultar algo parecido a una sonrisa.
Patricia se levantó.
—Esta reunión terminó.
Clara también se levantó.
—No para mí.
Antes de que Valeria pudiera reaccionar, Clara tomó una jarra de vino y la volcó sobre su vestido.
Valeria gritó.
—¡Estás loca!
Clara se acercó con una servilleta, fingiendo ayudarla.
—Perdón. Soy de barrio. Las esposas alquiladas no sabemos comportarnos.
En el caos, sus dedos engancharon la cadena del reloj.
Tiró.
El reloj cayó en su mano.
Valeria lo notó.
—¡Dámelo!
Damián se interpuso.
—Atrás.
Patricia gritó órdenes a los guardias.
Pero Clara ya había abierto el reloj.
Dentro no había mecanismo.
Había una memoria diminuta.
La sala se quedó congelada.
Clara miró a Patricia.
—Parece que Ernesto no estaba tan confundido.
Damián tomó la memoria.
—Vamos.
Salieron de la cena entre gritos.
En la biblioteca, conectaron la memoria a una computadora aislada.
Aparecieron archivos de audio.
El primero tenía fecha de dos semanas antes de la muerte de Ernesto.
La voz de Patricia llenó la habitación:
—Si el viejo firma contra Vidal, perdemos todo. Aumenta la dosis. Que parezca natural.
Luego la voz de Nicolás:
—¿Y Damián?
Patricia respondió:
—Damián obedecerá cuando se quede sin opciones.
Clara sintió frío.
El segundo archivo fue peor.
Valeria:
—¿Y la chica? Clara.
Patricia:
—Una vez impugnado el testamento, desaparecerá con dinero. Las mujeres pobres siempre tienen precio.
Clara miró a Damián.
Él estaba pálido.
El tercer archivo tenía el nombre de su padre.
La voz de Patricia, años atrás:
—Julián Montes no llegará a la fiscalía. Encárgate de la carretera.
Clara dejó de respirar.
Damián cerró los ojos.
La verdad estaba allí.
Su padre no había muerto en un accidente.
Lo habían matado para proteger el imperio que ahora estaba en sus manos.
Clara no lloró.
No todavía.
Solo sacó la memoria y la sostuvo con fuerza.
—Ahora sí —dijo—. Vamos a destruirlos.
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