PARTE 3
La mejor amiga
Verónica Sanz conocía a Natalia desde la universidad.
Fue la primera persona que le dijo:
—Andrés te mira como si fueras casa.
Natalia le creyó.
Verónica fue madrina de su boda.
Fue la primera en llegar al hospital cuando Natalia perdió el embarazo.
Fue quien preparó sopa, dobló mantas y durmió en el sofá durante una semana.
Una tarde, Natalia le confesó:
—Siento que Andrés se aleja.
Verónica la abrazó.
—Los hombres son torpes con el dolor.
—¿Y si ya no me ama?
—No digas eso. Andrés no sería capaz de hacerte daño así.
Ahora, de pie en el apartamento 1204, Natalia recordaba esa frase como se recuerda una bofetada.
—¿Cuándo empezó? —preguntó.
Verónica miró a Andrés.
Andrés respondió:
—Después de lo de Lucía.
Natalia sintió que el nombre le atravesó el pecho.
Lucía.
Así llamaba en secreto a la hija que perdió.
—No uses ese nombre —dijo ella.
—Natalia…
—No lo uses. No lo mereces.
Verónica lloró de nuevo.
—Fue una noche. Al principio fue solo una noche. Los dos estábamos rotos.
Natalia se acercó lentamente.
—No. Yo estaba rota. Ustedes estaban disponibles.
Verónica bajó la cabeza.
—Yo también sufría por ti.
—Qué manera tan extraña de sufrir. En mi cama de invitados de lunes a jueves, y en esta cama los viernes.
Andrés intentó intervenir.
—Basta.
Natalia giró hacia él.
—¿Basta? Andrés, pasé meses sintiéndome culpable por pedirte amor mientras tú financiabas otra familia.
Él respondió en voz baja:
—Yo no sabía cómo volver a ti.
—Entonces elegiste ir hacia ella.
Verónica tocó su vientre.
—Este bebé no tiene culpa.
Natalia la miró con tristeza.
—Lo sé. Por eso no voy a hablar contra él. Voy a hablar contra ustedes.
Verónica se asustó.
—¿Qué significa eso?
Natalia levantó la carpeta negra.
—Significa que mañana cenamos los tres.
Andrés frunció el ceño.
—¿Los tres?
—Sí. En el restaurante donde me pediste matrimonio.
Pausa.
—Las historias deben terminar donde empezaron a mentirse.
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