PARTE 4
El sótano de la mansión
El sótano de la mansión Salvatore olía a vino viejo, humedad y secretos.
Valentina bajó primero.
Alejandro detrás.
No al lado.
No todavía.
Él llevaba un arma en la mano y una herida invisible en la cara. La herida de un hombre que acababa de descubrir que su madre convirtió su vida en cementerio.
Valentina no sentía lástima.
No podía.
Cada vez que la compasión intentaba acercarse, recordaba la caja bajo tierra.
Recordaba a Mateo naciendo sin padre.
Recordaba su propio nombre convertido en insulto en titulares.
En el pasillo, dos hombres de Marcela los esperaban.
Valentina disparó al primero en la pierna antes de que levantara el arma. Alejandro derribó al segundo contra la pared y lo dejó inconsciente con un golpe seco.
—Aprendiste a disparar —dijo él.
—Aprendí a sobrevivir.
—No era una crítica.
—Tampoco fue una respuesta amable.
Siguieron.
Al fondo del sótano había una puerta metálica.
Desde dentro llegó un sonido pequeño.
—Mamá?
Valentina dejó de respirar.
—Mateo!
Quiso correr.
Alejandro la detuvo del brazo.
Error.
Ella le puso el arma en el pecho.
—No vuelvas a tocarme cuando mi hijo está detrás de una puerta.
Alejandro soltó el brazo de inmediato.
—Hay cable en el marco.
Valentina miró.
Tenía razón.
Una trampa explosiva improvisada.
Si abrían mal, la puerta podía detonar.
Mateo lloró al otro lado.
—Mamá…
Valentina cerró los ojos.
—Estoy aquí, mi amor.
Alejandro se agachó frente al cable.
—Puedo desactivarlo.
—¿Desde cuándo sabes eso?
—Desde que mi familia empezó a hacer enemigos antes de que yo naciera.
Trabajó con manos firmes.
Valentina lo vigiló.
No confiaba.
Pero necesitaba que funcionara.
Mientras Alejandro desactivaba la trampa, una voz sonó desde el altavoz del pasillo.
Marcela.
—Qué imagen tan bonita. Mi hijo, su esposa muerta y el pequeño error que debió desaparecer.
Alejandro levantó la mirada con odio.
—Madre, se acabó.
Marcela rió.
—No. Apenas entiendes las reglas.
Valentina gritó:
—Sal y mírame a la cara.
—Ya te miré una vez, querida. Estabas muy bonita llena de tierra.
Alejandro apretó el cable con tanta fuerza que casi lo rompió.
Valentina puso una mano sobre la suya.
No por ternura.
Por control.
—No ahora.
Él respiró.
Cortó el cable correcto.
La puerta se abrió.
Mateo estaba dentro.
Atado, pálido, con una marca roja en la mejilla.
Valentina corrió hacia él.
Lo abrazó.
Mateo se aferró a su cuello.
—No lloré mucho.
Ella sí lloró.
Solo un segundo.
Luego vio el dispositivo pegado bajo la silla.
Una segunda trampa.
Alejandro también lo vio.
—Valentina, no lo muevas.
Demasiado tarde.
La puerta detrás de ellos se cerró.
El altavoz volvió a sonar.
Marcela dijo:
—Ahora mi hijo tendrá que elegir. La mujer que volvió… o el heredero que nunca debió existir.
En la pared apareció un temporizador.
Cinco minutos.
Alejandro miró a Valentina.
Valentina miró a Mateo.
Y por primera vez desde que regresó, tuvo miedo de verdad.
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