PARTE 10
El consejo de sangre
A las nueve de la mañana, todos los capitanes Santoro fueron llamados a la sala principal de la villa.
Nadie entendía por qué.
Habían oído rumores de la boda destruida, de Valentina viva, de Marcelo en la clínica, de Adriano herido, de disparos en la capilla. Pero nadie sabía la historia completa.
Hasta que la puerta se abrió.
Valentina entró con el libro rojo en la mano.
El vestido negro estaba roto. Llevaba vendas en el brazo y el costado. La ceja seguía abierta. La sangre seca no había desaparecido de su cuello.
Detrás de ella caminaba Elías Morel, con el hombro vendado y el rostro frío.
Después trajeron a Salvatore en una silla, con la pierna ensangrentada. Adriano apareció escoltado, furioso, con una mano inutilizada y la cara marcada por golpes.
El consejo quedó en silencio.
Bruno Ferretti, el consejero más viejo de Luciana, se levantó lentamente.
—Valentina…
Ella dejó el libro sobre la mesa.
—Mi madre escribió esto antes de morir.
Salvatore intentó hablar.
—No escuchen a una mujer que viene de manos de Morel.
Valentina abrió el libro.
—Página cuarenta y dos. Pacto con Rosetti. Firma de Salvatore Santoro. Página cincuenta y nueve. Transferencia de rutas ocultas. Página setenta y tres. Orden de interceptar a Luciana Santoro. Página ochenta y uno. Testamento privado.
Los hombres se miraron entre sí.
Bruno tomó el libro.
Sus manos temblaron al reconocer la letra de Luciana.
—Es auténtico —dijo.
Un murmullo recorrió la sala.
Adriano gritó:
—¡Es una falsificación!
Valentina lanzó una fotografía sobre la mesa. Luego otra. Luego otra.
Adriano con Rosetti.
Camila entregando sobres.
Marcelo firmando.
Salvatore hablando con Vittorio Rosetti en el puerto.
—También falsifiqué esto, supongo —dijo ella.
Elías dejó una grabadora sobre la mesa.
La voz de Salvatore llenó la sala:
“Luciana está fuera de control. Si no entrega el libro, que el coche arda con ella dentro.”
Nadie habló.
Salvatore cerró los ojos.
Por primera vez en décadas, el patriarca no parecía invencible.
Parecía descubierto.
Valentina miró a todos.
—Mi padre mató a mi madre. Mi hermano vendió mi muerte. Marcelo firmó mi ejecución. Los Borgia cubrieron la clínica. Rosetti compró rutas con sangre Santoro.
Uno de los capitanes, Dario, se levantó.
—¿Y qué quieres de nosotros? ¿Que te pongamos una corona porque sobreviviste?
Valentina lo miró.
—No quiero una corona.
—Entonces qué.
Ella apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Quiero limpiar lo que ellos ensuciaron antes de que Rosetti use nuestra casa para enterrar más mujeres, más hijos y más nombres.
Dario soltó una risa.
—Eso suena débil.
Elías dio un paso, pero Valentina levantó una mano.
No necesitaba que él hablara.
Tomó la pistola de la mesa y disparó al vaso frente a Dario. El cristal explotó junto a su mano.
Nadie se movió.
Valentina lo miró.
—¿Sigue sonando débil?
Dario se sentó lentamente.
Bruno abrió el testamento.
—Luciana dejó su voto interno a Valentina. Si la muerte violenta queda probada, ella tiene derecho a reclamar la sucesión del ala materna.
Salvatore rió con desprecio.
—Una mujer no sostiene a los Santoro.
Valentina se acercó a su padre.
—No. Una mujer enterrada los está hundiendo.
El silencio que siguió fue el verdadero inicio de su poder.
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