PARTE 13
El juicio de los vivos
Vittorio Rosetti habló.
No por honor.
No por miedo a la ley.
Habló porque Valentina le dio una opción muy simple: declarar contra sus socios o ser entregado a las familias que él mismo traicionó.
Eligió hablar.
Entregó nombres, rutas, pagos y pruebas de la alianza con Salvatore. También entregó algo que Valentina no esperaba: una grabación de Adriano suplicando convertirse en jefe de los Santoro a cambio de entregar a su hermana.
La voz de Adriano sonaba rota, desesperada y llena de veneno:
“Valentina no puede vivir. Mientras ella respire, algunos seguirán recordando a Luciana.”
Valentina escuchó la grabación una vez.
Solo una.
Luego ordenó que Adriano fuera llevado ante el consejo.
Lo encontraron escondido en un almacén médico, con el hombro herido, fiebre y suficiente odio para seguir insultando.
Lo sentaron frente a ella en la sala principal.
Salvatore también estaba allí, obligado a escuchar.
Valentina puso la grabación.
Nadie habló durante todo el audio.
Al terminar, Adriano rio.
—¿Y ahora qué? ¿Vas a llorar porque tu hermano no te quería?
Valentina lo miró con cansancio.
—No, Adriano. Ya no espero amor de hombres que solo entienden propiedad.
Bruno se levantó.
—Según las reglas internas, Adriano Santoro queda expulsado del linaje operativo. Sin voto. Sin nombre de mando. Sin acceso a cuentas ni hombres.
Salvatore golpeó la mesa.
—¡No tienes derecho!
Valentina abrió el libro rojo.
—Mi madre me lo dio. Tú lo confirmaste con tu sangre.
Salvatore intentó levantarse, pero la pierna herida no lo sostuvo.
—Yo construí esta familia.
Valentina se acercó a él.
—No. Mamá intentó salvarla. Tú la convertiste en una casa de hombres asustados.
Después miró a Adriano.
—No voy a matarte.
Él sonrió con desprecio.
—Débil.
—No. Pública.
Adriano frunció el ceño.
Valentina hizo una señal.
Las puertas se abrieron. Entraron periodistas, abogados externos y representantes de varias familias neutrales. Bruno ya lo había preparado todo.
La expulsión de Adriano no sería un rumor interno.
Sería un mensaje.
Valentina caminó hacia el centro.
—La familia Santoro no reconoce a Adriano Santoro como heredero, jefe ni representante. Se le retiran fondos, protección, hombres y apellido operativo por traición de sangre, alianza con Rosetti y participación en el intento de asesinato de Luciana y Valentina Santoro.
Adriano se levantó furioso.
—¡No puedes hacerme esto!
Valentina se acercó.
—Puedo. Y lo peor es que vas a vivir para verlo.
Salvatore miraba todo como si alguien estuviera arrancándole la piel sin tocarlo.
—Eres igual que tu madre —dijo.
Valentina se giró hacia él.
—No. Ella intentó salvarte demasiado tiempo.
Hizo una pausa.
—Yo no.
Salvatore fue entregado a un encierro privado bajo custodia del consejo hasta que las pruebas terminaran de moverse por las vías correctas. No cárcel común, no todavía. Pero tampoco poder.
Elías la esperó en el pasillo.
—Acabas de romper tres generaciones de tradición.
Valentina se apoyó contra la pared. Estaba agotada.
—¿Eso es bueno?
—Depende de a quién le preguntes.
—Te pregunto a ti.
Él la miró con una seriedad rara.
—Yo creo que algunas tradiciones solo existen porque nadie sangró lo suficiente para romperlas.
Valentina casi sonrió.
—Qué poético para un hombre que rompió tres mandíbulas esta semana.
—Cuatro.
—Peor.
Él dio un paso más cerca.
—Necesitas dormir.
—Necesito terminar.
—No se termina en un día.
Ella miró hacia la sala donde su padre y su hermano acababan de perderlo todo.
—No. Pero hoy dejó de pertenecerles.
Y eso, por primera vez, sí se sintió como una victoria.
👉 [Haz clic aquí para leer la siguiente parte] 👈