PARTE 3
La mansión donde el silencio tenía paredes
La mansión Marino estaba construida para que nadie pudiera olvidar quién mandaba.
Piedra oscura.
Ventanas altas.
Puertas dobles de hierro.
Jardines sin flores.
Cámaras en cada ángulo.
Guardias silenciosos que miraban a Sofía como si ya hubieran decidido dónde enterrarla.
La llevaron a una biblioteca.
No a un sótano.
Eso no la tranquilizó.
Los ricos siempre tenían habitaciones hermosas para hacer cosas horribles.
Alessandro se sentó frente a ella.
Elena se quedó de pie junto a la chimenea, observando todo.
El abogado del clan, Dario Leone, dejó los documentos falsos sobre la mesa.
—Explique esto.
Sofía respondió:
—No puedo explicar algo que alguien puso en mi bolso.
—Conveniente.
—Sí. Tan conveniente como encontrar pruebas justo después de que detuve una compra que Vittoria quería demasiado.
Dario sonrió con desprecio.
—Está acusando a la futura esposa del señor Marino.
—Estoy acusando a quien plantó la carpeta.
Dario se inclinó.
—¿Y qué hacía usted investigando el puerto antes de aceptar este trabajo?
Sofía se quedó inmóvil.
Alessandro lo notó.
—Responde.
Ella pensó en Nico.
En su foto.
En sus manos haciendo la seña de “vuelvo pronto” antes de desaparecer.
—Mi hermano está desaparecido.
Elena levantó la mirada.
Alessandro no cambió el rostro.
—¿Nombre?
—Nicolás Vidal. Nico. Es sordo. Desapareció hace tres semanas cerca del puerto sur.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?
Sofía rió sin humor.
—Usted controla el puerto.
Dario golpeó la mesa.
—Cuidado.
Sofía no lo miró.
—No digo que usted se lo llevó. Digo que si alguien desaparece ahí, usted puede encontrarlo más rápido que la policía.
Alessandro sostuvo su mirada.
—¿Aceptaste el trabajo para entrar en mi mundo?
—Sí.
La honestidad sorprendió a todos.
Incluso a ella.
—Pero no para espiarlo. Para buscar a mi hermano.
Dario habló:
—Mentira útil.
Elena hizo señas.
Ella no miente. Está asustada.
Dario ignoró a Elena.
Sofía no.
—Elena dice que estoy asustada, no mintiendo.
Alessandro miró a su hermana.
Elena sostuvo su mirada sin pestañear.
Entonces Alessandro hizo algo que cambió el ambiente.
—Dario, sal.
El abogado se tensó.
—Señor Marino…
—Sal.
Dario obedeció.
Cuando quedaron los tres, Alessandro se quitó el reloj y lo dejó sobre la mesa.
—Mi hermana confía en ti.
—No debería. Me acaba de conocer.
—Eso me preocupa.
—A mí también.
Elena hizo una seña.
Ella me ve. Los demás me cuidan como jaula.
Sofía tradujo en voz baja.
Alessandro bajó la mirada.
La frase le dolió.
Se notó.
—Elena…
La joven negó con la cabeza y siguió:
No soy un cristal. Soy testigo. Vi a Vittoria hacer una señal. Vi al guardia plantar algo. Pero nadie mira mis manos cuando decido hablar.
Sofía tradujo cada palabra.
La habitación quedó silenciosa de una forma distinta.
No por amenaza.
Por vergüenza.
Alessandro se levantó y caminó hacia la ventana.
—Buscaré a tu hermano —dijo al fin.
Sofía sintió que el aire regresaba a sus pulmones.
—¿A cambio?
—Te quedarás aquí y traducirás todo lo que Elena diga sobre Vittoria, el collar y cualquier cosa que haya visto.
—¿Soy prisionera?
—Eres testigo protegida.
—Eso suena igual cuando lo dice un mafioso.
Elena sonrió.
Alessandro también.
Muy poco.
Pero lo hizo.
—Tienes la mala costumbre de decir exactamente lo que piensas.
—Tengo la mala costumbre de no tener poder suficiente para mentir bonito.
Él giró hacia ella.
—En esta casa, eso puede salvarte.
Pausa.
—O matarte.
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