Todos iban a enterrarla como víctima de un accidente… hasta que ella abrió el féretro y mostró que la muerta era otra mujer
El sacerdote estaba a punto de enterrarla.
Pero Adriana Beltrán entró viva por las puertas de la iglesia.
Y detrás de ella venía el ataúd que su familia sí temía abrir.
PARTE 1
El funeral equivocado
El ataúd de Adriana Beltrán estaba cerrado.
Esa fue la primera mentira.
La segunda fue el llanto de su padre.
Esteban Beltrán, dueño de la funeraria más poderosa de la ciudad, estaba sentado en la primera fila con un pañuelo negro en la mano. Cada cierto tiempo lo llevaba a sus ojos, pero el pañuelo seguía seco.
A su lado, Verónica, su esposa, mantenía una mano sobre el pecho como si el dolor le impidiera respirar.
Mateo Rivas, prometido de Adriana, estaba de pie junto al altar con una rosa blanca entre los dedos.
La iglesia olía a cera, flores negras y dinero antiguo.
Todo parecía perfecto.
Demasiado perfecto para una muerte.
El sacerdote abrió el libro.
—Hoy despedimos a Adriana Beltrán, hija, prometida y heredera de una familia respetada…
Una mujer en el fondo sollozó.
Otra se persignó.
Esteban bajó la cabeza.
Pero Mateo no lloraba.
Miraba el ataúd como si esperara que algo dentro golpeara la tapa.
Entonces el sacerdote dijo:
—Que Adriana descanse en paz…
Las puertas de la iglesia se abrieron.
El viento apagó varias velas.
La lluvia entró como una mano fría.
Y una mujer apareció en el umbral.
Vestido negro roto.
Cabello mojado.
Sangre seca en la sien.
Una cicatriz reciente en el cuello.
Ojos oscuros, vivos, furiosos.
Detrás de ella, dos hombres empujaban un segundo ataúd.
El grito de Verónica cortó la iglesia.
Mateo dejó caer la rosa blanca.
Esteban se puso de pie tan rápido que el banco golpeó contra el suelo.
—No…
Adriana caminó por el pasillo central.
Cada paso resonó como una pala sobre tierra.
Los invitados se apartaban, unos por miedo, otros por culpa, otros porque una mujer que aparece viva en su propio funeral no necesita pedir permiso.
Llegó al altar.
Tocó la tapa de su ataúd.
—Qué bonito funeral.
Luego miró a Esteban.
—Aunque me sorprende que hayan cerrado tanto la tapa para un cuerpo que no era mío.
Los murmullos explotaron.
El sacerdote retrocedió.
Mateo susurró:
—Adriana…
Ella no lo miró.
Todavía no.
Se volvió hacia el segundo ataúd.
—Ábranlo.
Los dos hombres obedecieron.
Dentro no había un cuerpo visible.
Había bolsas selladas, documentos, una prenda quemada, una pulsera médica, un celular roto y una grabadora antigua.
Adriana tomó la pulsera.
La levantó ante todos.
CLARA BELTRÁN.
Su hermana menor.
La chica que la familia decía que estaba de viaje en Europa.
Verónica se cubrió la boca.
Esteban perdió el color.
Adriana encendió la grabadora.
La voz de Clara llenó la iglesia:
“Si Adriana despierta, díganle que papá no quería matarla solo a ella… quería quedarse con todos los cuerpos de la funeraria.”
Un silencio pesado cayó sobre los bancos.
Adriana apagó la grabadora.
—No vine a detener mi funeral.
Miró a todos los presentes.
—Vine a abrir el de ustedes.
Y entonces, desde su propio ataúd cerrado, se escuchó un golpe.
Uno solo.
Seco.
Como si algo dentro aún estuviera vivo.
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