PARTE 6
El archivo de los cuerpos sin nombre
Esteban Beltrán no huyó hacia la carretera.
Huyó hacia el cementerio privado de la familia.
Adriana lo supo de inmediato.
—Los discos originales están en la cripta —dijo Clara, mientras una paramédica le revisaba las heridas.
—¿Cómo sabes?
—Porque lo seguí una vez. Hay una pared falsa detrás del mausoleo de la abuela.
Mateo se acercó con el brazo vendado.
—La policía irá.
Adriana lo miró.
—La policía llega tarde desde el principio.
—Voy contigo.
—No necesito escolta.
—No me ofrezco como escolta. Me ofrezco como testigo.
Clara, desde la camilla, dijo:
—Llévatelo. Si miente, lo empujas a una tumba.
Adriana casi sonrió.
Casi.
El cementerio Beltrán estaba detrás de la colina, cubierto de lluvia y cipreses. La cripta familiar parecía una pequeña iglesia de piedra.
Esteban estaba allí.
Con una maleta negra.
No parecía desesperado.
Parecía ofendido.
—Mis hijas siempre fueron ingratas —dijo.
Adriana caminó hacia él.
—Una fingió morir y la otra se negó a quedarse muerta. Qué tragedia para ti.
Esteban apretó la maleta.
—Construí todo esto para ustedes.
—Construiste una máquina para vender muertos.
—Construí poder.
—Con cuerpos.
—Con oportunidades.
Adriana sintió asco.
Mateo activó una pequeña cámara en su chaqueta.
Esteban no lo notó.
—¿Qué hay en la maleta? —preguntó Adriana.
Su padre sonrió.
—Nombres que valen más que tú.
—Ábrela.
—No.
Adriana avanzó.
Esteban sacó una pistola.
Mateo se puso delante.
Adriana lo empujó.
—No vuelvas a decidir por mí.
El disparo golpeó una lápida.
Piedra rota.
Adriana se agachó, tomó un puñado de grava y lo lanzó a los ojos de su padre. Esteban retrocedió. Mateo lo sujetó por el brazo. La pistola cayó.
Adriana tomó la maleta.
Pero Esteban, furioso, golpeó a Mateo con una pieza de mármol. Mateo cayó al suelo, sangrando por la frente.
Adriana abrió la maleta.
Discos duros.
Certificados.
Pulseras médicas.
Sellos notariales.
Fotos de personas vivas declaradas muertas.
Y una carpeta con el nombre de su madre.
Adriana se quedó inmóvil.
—Mamá.
Esteban dejó de moverse.
La madre de Adriana y Clara había muerto cuando ellas eran niñas.
Al menos eso creían.
Adriana abrió la carpeta.
Certificado de defunción.
Falso.
Traslado privado.
Destino: Clínica Santa Irene.
Fecha: quince años atrás.
Adriana sintió que todo el cementerio giraba.
—Nuestra madre está viva.
Esteban cerró los ojos.
No lo negó.
—Estaba enferma.
—¿Dónde está?
—No entenderías.
Adriana golpeó a su padre.
Una vez.
No como hija.
Como sentencia.
—¿Dónde está mi madre?
Esteban, sangrando, sonrió.
—Pregúntale a Mateo.
El silencio cayó.
Adriana giró hacia él.
Mateo seguía en el suelo, herido, pero consciente.
Su rostro lo dijo antes que su boca.
Él sabía.
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