PARTE 5
La enfermera Clara
Clara estaba en el viejo hospital Santa Irene.
El mismo lugar donde Sofía dio a luz.
El edificio llevaba años cerrado, pero seguía en pie como un fantasma de concreto, con ventanas rotas, pasillos húmedos y habitaciones donde la pintura se caía como piel vieja.
Sofía entró por la puerta de emergencias.
Gabriel caminaba detrás.
No delante.
Cumplió.
Eso no significaba que ella confiara.
Pero lo notó.
—Renata no habría elegido este lugar sola —dijo Sofía.
Gabriel cargó su arma.
—Mi madre.
—O alguien más.
El pasillo olía a polvo y medicina muerta.
Sofía recordó el dolor del parto, los gritos que le taparon, la mano de Clara sobre su frente, los bebés envueltos en mantas.
Se obligó a respirar.
Encontraron a Clara en la antigua sala de neonatos.
Atada a una silla.
Con un golpe en la mejilla, pero viva.
Sofía corrió hacia ella.
—Clara!
La enfermera abrió los ojos.
—Los niños…
—Están seguros.
Clara lloró de alivio.
Gabriel se acercó con cuidado.
La mujer lo miró como si viera a un hombre que debió llegar años antes.
—Señor Montiel.
Él bajó la cabeza.
—Gracias por salvarlos.
Clara no respondió.
Porque no era perdón lo que él merecía.
Sofía cortó las cuerdas.
Pero antes de que pudieran salir, las luces del hospital se encendieron.
Una voz sonó por los altavoces.
Renata.
—Qué escena tan familiar. Sofía salvando a todos y Gabriel llegando tarde.
Sofía apretó la mandíbula.
—Sal, Renata.
—No todavía. Primero quiero que Gabriel vea algo.
Una pantalla vieja se encendió.
Video de la noche del parto.
Sofía en una camilla.
Inconsciente.
Clara sosteniendo a los bebés.
Amalia hablando con un médico.
Renata llorando falsamente.
Luego apareció Gabriel.
Sofía dejó de respirar.
Él estaba allí.
En el hospital.
Junto a la puerta.
Pero no entró.
En el video, Amalia lo detuvo y le entregó un sobre.
—Tu esposa firmó su renuncia a ti y a los niños —decía ella—. No entres. Te destruirá más.
Gabriel parecía roto.
—Quiero verla.
Amalia lo abofeteó.
—¿Quieres ver a la mujer que vendió tu empresa y pidió dinero para desaparecer? Ten dignidad.
Gabriel se quedó inmóvil.
Luego se fue.
Sofía sintió que el mundo se partía de nuevo.
Él estuvo allí.
No entró.
Gabriel miraba la pantalla como si acabaran de arrancarle una parte del pecho.
—No sabía…
Sofía lo miró.
—Pero no entraste.
Él no se defendió.
—No.
Renata rió por los altavoces.
—Eso fue lo más fácil de todo. Gabriel siempre fue obediente cuando su madre lo golpeaba en el orgullo.
Sofía tomó a Clara por el brazo.
—Nos vamos.
Pero la puerta se cerró.
Renata volvió a hablar:
—No tan rápido. Todavía falta la mejor parte.
La pantalla cambió.
Esta vez aparecía Renata, seis años atrás, sosteniendo a uno de los bebés.
Leo.
—Amalia quería venderlo a una familia fuera del país —dijo Renata en el video—. Yo dije que era demasiado riesgo. Mejor muertos en papel.
Sofía sintió que las piernas le fallaban.
Gabriel levantó el arma hacia la cámara.
—Renata!
La voz de ella sonó dulce.
—Ven al quirófano tres, Gabriel. Sofía también. Quiero que el final ocurra donde empezó.
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