PARTE 13
El hombre que no pidió perdón
Nicolás Salerno siguió apareciendo.
No todos los días.
No de forma dulce.
A veces llegaba con informes del puerto.
A veces con nombres de hombres que Tomás dejó escondidos.
A veces con heridas nuevas y una frase seca:
—Rosetti todavía tenía dientes.
Natalia no le preguntaba demasiado.
Él no mentía demasiado.
Era una forma extraña de confianza.
Una noche, lo encontró en el viejo teatro Bellavista. Estaba reparando el panel de luces que Mateo usó durante la pelea.
—No te imaginaba arreglando cosas —dijo ella.
Nicolás no se giró.
—Rompí demasiadas.
—Eso no responde.
—Responde más de lo que parece.
Natalia caminó por el escenario.
El teatro aún olía a polvo, sangre vieja y madera húmeda.
—Mateo quiere volver aquí.
—Lo sé.
—Dice que aquí se escondió y también aquí peleó.
Nicolás apretó un tornillo.
—Los niños deberían recordar teatros por funciones, no por emboscadas.
—En nuestro mundo, eso suena casi ingenuo.
Él la miró.
—Por eso lo dije en voz baja.
Natalia casi sonrió.
Luego el silencio cambió.
—Diego vino a mí tres semanas antes de morir —dijo Nicolás.
Ella se quedó quieta.
—Qué quería?
—Ayuda para sacar a Mateo de la ciudad si el pacto salía mal.
—Y por qué no lo hiciste?
Nicolás bajó la mirada.
—Porque pensé que tenía más tiempo.
Natalia sintió la rabia subir.
—Todos pensaron eso.
—Sí.
—Diego murió.
—Sí.
—Mateo casi también.
—Sí.
Ella lo miró con dureza.
—No vas a pedirme perdón?
Nicolás sostuvo su mirada.
—No.
La respuesta la sorprendió.
—No?
—Pedirte perdón haría que mi culpa entrara en tus manos. No es justo. La cargaré yo.
Natalia no supo qué decir.
Los hombres de su vida siempre pedían perdón para ser liberados.
Nicolás no.
Él se quedó con su culpa como quien sabe que todavía no ha pagado suficiente.
—Entonces qué quieres?
—Que me dejes proteger el puerto hasta que tus hombres aprendan a no venderte.
—No necesito dueño.
—No ofrecí dueño.
—Ni salvador.
—Tampoco.
—Entonces qué eres?
Nicolás bajó del escenario y quedó frente a ella.
Sangre seca en los nudillos.
Cicatriz reciente en la ceja.
Ojos oscuros, cansados, demasiado sinceros para un mafioso.
—Un hombre que llegó tarde una vez y no quiere repetirlo.
Natalia sostuvo su mirada.
—Eso no te hace bueno.
—No.
—Ni confiable.
—Todavía no.
—Ni perdonado.
—No lo pedí.
El silencio entre ellos ardió más que un beso.
Mateo apareció en la puerta del teatro con dos guardias.
—Tía Nati! Las luces funcionan?
Nicolás se apartó primero.
Natalia respiró.
—Casi.
Mateo corrió hacia el panel.
Nicolás lo ayudó a subir con cuidado.
El niño lo miró.
—Si se cae, es tu culpa.
Nicolás asintió serio.
—Justo.
Natalia observó a los dos.
No era familia.
No todavía.
Quizá nunca.
Pero por primera vez desde la muerte de Diego, el teatro no parecía solo un lugar de sangre.
Parecía un lugar donde algo roto podía aprender a encenderse otra vez.
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