PARTE 8
Quinta partida: el juez Salcedo
El juez Salcedo parecía a punto de vomitar.
Valeria puso frente a él una carta.
Ocho de tréboles.
—La firma.
—Yo solo certifiqué lo que los médicos informaron —dijo él.
—Trece minutos antes de que me dispararan.
No hubo respuesta.
Mateo giró hacia el juez.
—Qué?
Valeria tocó la pantalla.
Apareció el acta.
Hora oficial de muerte: 21:34.
Hora real del disparo: 21:47.
La sala se quedó muda.
Valeria explicó:
—Mi muerte fue registrada antes de ocurrir. Eso significa que no esperaban un accidente. Esperaban cumplir un trámite.
El juez respiraba rápido.
—Me obligaron.
Valeria sonrió.
—Claro.
—Octavio tenía fotos. De mi hijo. De cuentas. De cosas que podían destruirme.
—Entonces decidió destruirme a mí.
—No sabía que iban a dispararte.
Valeria se inclinó.
—Usted firmó mi muerte antes de saber cómo iba a morir.
El juez bajó la cabeza.
—Sí.
Mateo cerró los ojos.
Cada confesión lo hundía más.
El juez habló casi en un susurro:
—No fui el único funcionario. Había un médico. Un notario. Y alguien de la seguridad de la iglesia.
Valeria levantó una ceja.
—Mauro.
Mauro golpeó la mesa.
—Yo abrí una puerta. Eso hice. Abrí una maldita puerta. No disparé. No sabía que iban a usar mi arma registrada para culparme después.
Valeria lo miró.
—Sexta partida entonces.
Mauro palideció.
—No.
Ella colocó frente a él el diez de espadas.
—El guardaespaldas que abrió la puerta.
Antes de que Mauro pudiera hablar, las luces del casino se apagaron.
Disparos.
Gritos.
Cristales rotos.
Los invitados se tiraron al suelo.
Valeria no.
Ya esperaba esto.
En la oscuridad, varios hombres entraron por la puerta de servicio.
No venían a rescatar.
Venían a silenciar.
Valeria tomó la mesa y la volcó para cubrirse. Adrián disparó hacia el pasillo. Mateo se lanzó sobre Inés para apartarla de una bala. Octavio intentó escapar y recibió un golpe de uno de los empleados del casino.
La luz roja de emergencia se encendió.
Mauro estaba de pie.
Con un arma en la mano.
Valeria lo apuntó.
—Decide rápido de qué lado quieres sangrar.
Mauro miró la puerta.
Luego a Valeria.
Y disparó contra uno de los atacantes.
—Maldita sea —gruñó—. Yo abrí una puerta, no una tumba.
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